Estás #cancelado

 

Cada vez es más frecuente encontrar hashtags como #cancelado en redes sociales como respuesta a alguna acción reprobable, especialmente cuando fue realizada por alguna figura pública. En el caso de artistas, empresarios, influencers, deportistas, el impacto llega a tal grado, que se pone en juego su trayectoria completa –no únicamente la conducta a la que alude la noticia.

Para definir este fenómeno, se ha acuñado el término de “cultura de cancelación” (en inglés, cancel culture, outrage culture o call out culture) que consiste en “cancelar” o dejar de dar apoyo moral y económico y que incluye un linchamiento digital a la persona en cuestión, que boicotea el producto de su talento, ya sean películas, conciertos, series, obras de teatro, partidos, etc.  Lisa Nakamura, especialista en redes sociales de la Universidad de Michigan, lo llama un “boicot cultural” con el que se retira la atención y por tanto se afectan los ingresos y la economía del “cancelado” y en ocasiones también de las personas que los rodean.

Recordemos el caso de los Beatles cuando dijeron que eran más famosos que Jesucristo, lo que dio como consecuencia que no volvieran a tener un show en vivo; o Sinead O´Connor, quien, después de romper una foto del Papa Juan Pablo II en televisión, vio condenada su carrera; podrían sumarse incontables ejemplos posteriores, como Michael Jackson, Kevin Spacey o Plácido Domingo, por mencionar a unos cuantos.

Lo anterior no ocurre con tanta saña cuando, en caso de ser necesario, se lleva un proceso jurídico o se repara el daño.  Por lo que, si en todos los casos hubiera una consecuencia adecuada, no habría necesidad de tachar a la persona por completo.  La blogger y activista Amanda Marcotte habla de la necesidad de sustituir la cultura de la cancelación por una cultura de justicia, lo cual me parece bastante acertado. Si realmente se buscara hacer justicia a las víctimas, se castigaría el hecho y se dejaría a salvo todo lo bueno que la persona ha creado.

El estado de derecho idealmente defiende la inocencia hasta que se demuestre lo contrario.   Sin embargo, como menciona Javier Cercas en su artículo “Woody Allen y el infierno” publicado en El País, el nuestro se parece ahora al mundo literario de Kafka donde más bien todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y agrega, mientras habla de movimientos como Me too “la lucha por la igualdad y la integridad de las mujeres es una lucha justísima, pero, mal defendida, la lucha más justa puede convertirse en la más injusta”.

Si analizamos las vertientes psicológicas, vemos que muchas veces se reacciona de forma automática y parcial, sin reflexionar en todos los aspectos de una noticia, en primer lugar, su veracidad. Además, la vergüenza “es un producto y la humillación pública, una industria”, como afirmó Monica Lewinsky durante la TED Talk “El precio de la vergüenza”.  Se da un fenómeno del tipo “mientras sea otro a quién están atacando, respiro aliviado de no ser yo” y esto mismo hace que se disfrute tanto el ataque, surgiendo al instante seguidores y alimentadores de las noticias, frecuentemente desde el anonimato de una pantalla.

Sin embargo, no siempre las cancelaciones siguen el mismo curso. A veces se cancela a alguien por pensar distinto o cuestionar el status quo de alguna ideología. Otras veces, incluso tienen efectos paradójicos, como le sucedió a Donald Trump quien, a pesar de todas las acusaciones en su contra, ganó la presidencia de Estados Unidos.  En este caso, la mala prensa fue buena prensa. Por lo tanto, no se sabe el efecto que una cancelación tendrá o cuánto tiempo durará, todo depende de qué tanto se conecte con las motivaciones de los espectadores en un momento determinado de la historia.

Es importante, por una parte, fortalecer las instituciones, procesos de impartición de justicia y la reparación del daño; buscar entender qué existe detrás de una noticia que desprestigia a alguien antes de lanzarnos a juzgarlo. Y por otra, reflexionar en nuestras propias reacciones ante los hechos y las motivaciones al colocarnos del lado “correcto” y en el aceptar o no una disculpa, ¿es un auténtico ejercicio de conciencia?, ¿es una actitud purista? y, sobre todo, ¿esto nos mantiene a salvo?

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