EL DERECHO DE LOS NIÑOS A DISFRUTAR A SUS MAMÁS

En el día de las madres reflexionemos en las formas de hacer un alto, voltear a ver a nuestros hijos y disfrutar la maravilla de ser mamás.

En los últimos años ha crecido la tendencia en educación y psicología hacia el incremento de la conciencia, con movimientos como la psicología positiva, el mindfullness y otras filosofías que nos invitan a detenernos, a disfrutar el momento presente, a tener una perspectiva más positiva, a dejar de correr y atender lo importante, a ser en vez de tener.

Esto como consecuencia y contrapeso a una carrera global hacia la atención de la imagen, donde en la hipercomunicación de las redes sociales se proyectan pantallas de “éxito” basadas en el consumo de todo lo que nos haga vernos más jóvenes, sanas, en forma, vestidas a la última moda, con un estilo de vida de brillantes viajes y fiestas. Y aunado a esta presión, está el desarrollar carreras profesionales mientras atendemos a nuestros hijos con las últimas tendencias en educación, en una era donde tanto cambio hace que sea muy complicado mantener el rumbo correcto. Esas pantallas de éxito no proyectan lo que significa ser una mamá exitosa, una mamá exitosa es aquella que disfruta los ratitos de conexión, la que se da la oportunidad de jugar a las muñecas o intentar construir algo en minecraft, mamá exitosa es la que repasa las tablas de multiplicar y cura a besos las raspaditas. Hay un choque entre lo que creemos o esperamos que debemos ser como mamás.

Como sociedad vamos teniendo ciclos. Parece que ante tanta saturación de información de medios electrónicos, vida social, prisas, tráfico, contaminación, vamos buscando una vuelta a nuestras raíces, a descubrir quiénes somos, a detenernos y reconectarnos con nuestro ser y con nuestra familia, con nuestro rol como madres. Nuestra voz interior de mamá.

Y en este sentido, nuestros hijos merecen el tener mamás que se den oportunidad de ser mamás. De estar presentes con ellos, de regresar a disfrutar placeres simples, ratos tranquilos donde el celular esté fuera del cuadro: Leer cuentos, platicar historias, ir a caminar, hacer galletas, cualquier actividad que promueva el apego, la conexión.

La maternidad es un regalo de la vida que no viene solo. Trae una cascada de bendiciones cuando nos damos el tiempo de descubrirlas. El amor va creciendo con cada beso, cada caricia, cada sonrisa, cada plática. Nuestros hijos, nos van mostrando aspectos de nosotros mismos que no conocíamos y que se convierten en retos para nuestro crecimiento. Pero todo esto requiere tiempo y el crear los espacios para que se vaya construyendo a través de nuestra relación con ellos.

Y el ser mamás implica ser más compasivas con nosotras mismas. La única manera de atender amorosamente a nuestros hijos, es partiendo de ser pacientes y aligerar nuestra propia carga. Esto implica aceptarnos tal cual somos y darnos tiempo para atender nuestras necesidades. En la medida en que nos cuestionemos las presiones sociales y nos exijamos menos, podremos aceptar a nuestros hijos como son, respetando su esencia y animándolos en su camino por la vida. Ser compasivas implica perdonar nuestros errores y perdonar las equivocaciones de nuestros hijos. Animarlos cuando caen pero dejar que ellos mismos vayan experimentando los frutos de su trabajo y las consecuencias de sus errores.

Detenernos y reflexionar en nuestra propia historia nos ayudará a identificar el por qué nos “enganchamos” con ciertos aspectos de la conducta de nuestros hijos. Cuestionar las creencias que nos han llevado a tener expectativas poco realistas o que tienen que ver más con nuestros deseos frustrados que con sus propios sueños. En la medida en que nos veamos como acompañantes del camino de nuestros hijos más que como dirigentes que presionan para llevar un camino determinado, podremos relajarnos y disfrutar más el caminar.

Un ejercicio útil para lograr el objetivo de ser más compasivos en viajar en el tiempo. Esto es, por una parte, visualizarnos a futuro y preguntarnos ¿qué me diría a mi misma en este momento si volteará a verme dentro de 20, 30 o 40 años? Seguramente podremos pensar en palabras de sabiduría, sin juicios y sobre todo, con compasión: “disfruta a tus hijos”, “déjalos que se ensucien”, “siéntate a pintar con ellos”.

Y por otra parte, viajar al pasado y ubicarnos 20, 30 o 40 años atrás cuando nosotras mismas éramos niñas y preguntarnos “¿qué era lo que más disfrutaba de mi mamá?”, “¿qué cosas me llenaban de alegría el corazón?”  es encontrarnos con nuestra niña interior para ser una mejor mamá.

Seguramente recordaremos los ratos de cosquillas y caricias antes de dormir, los momentos en donde teníamos toda la atención de nuestra mamá o papá y ofrecían un consejo que cambiaba por completo nuestra perspectiva del gran problema que, en ese momento nos aquejaba y que con su intervención se volvía pequeñito. Haciendo este ejercicio, podremos colocarnos en el lugar de nuestros hijos y en revivir esos momentos llenos de amor ahora en nuestro rol de madres.

Comuniquémosle a nuestros hijos que son los seres maravillosos que siempre soñamos, que son más de lo que imaginamos y que los queremos exactamente como son. Desechemos las expectativas irreales que a veces les colocamos y relajémonos un poco más. Reconozcamos y celebremos el ser mamás dejando que nuestros hijos disfruten el tenernos, y celebremos todos los días haciendo altos conscientes para ser y estar con ellos. En un abrir y cerrar de ojos la vida habrá transcurrido y podremos sonreír ante una vida donde la perfección consistió en la sencillez del amor.

 

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