Despacio

 

“La velocidad en sí misma no es mala.  Lo que es terrible es poner la velocidad, la prisa en un pedestal… Al principio era sólo el terreno laboral pero ahora ha contaminado todas las esferas de nuestras vidas, como si fuera un virus: nuestra forma de comer, de educar a los hijos, las relaciones, el sexo… hasta aceleramos el ocio.  Vivimos en una sociedad en que nos enorgullecemos de llenar nuestras agendas hasta límites explosivos”.

CARL HONORÉ  “Elogio a la lentitud”

 

Desde pequeña he buscado ser eficiente. Crecí con conceptos como “la ociosidad es la madre de todos los vicios” por lo que la diligencia se convirtió en un valor supremo.  He estudiado cursos de lectura rápida (sin encontrarle el gusto), eficiencia sin fatiga (sin lograrlo) y un sinfín de medios para lograr más en menos tiempo. Generalmente, mi cuerpo me exige un respiro, y busco hacerle caso y dárselo, pero la adrenalina y los viejos hábitos complican el detenerme. Es más divertido todo lo que tengo delante.

Lo veo en todas partes: la ansiedad es la queja más frecuente en mi consultorio, lograr una reunión con las amigas lleva una intrincada logística de fechas y horarios; todo mundo está corriendo, con las cabezas gachas en los celulares aprovechando cada valiosa gota de tiempo y a quien se le pregunte, quisiera salir de esa vorágine pero ni siquiera existe el tiempo para averiguar cómo hacerlo. Probablemente si están leyendo esto y sienten que también son adictos a la velocidad, estén buscando una lista de consejos al final de la página.

Y esta locura no es propia de los adultos, los niños también están estresados, presentando cada vez más problemas de salud física y mental debido a la fuerte presión por cumplir apretadas agendas que afectan el sueño, el juego y el tiempo libre, a la vez que buscan garantizar un éxito… ¿para ellos?, ¿para satisfacer a los papás?… no sé, pero que sigan esforzándose porque “la vida está cada vez más difícil” (¿será?).

Y no solo vemos esta prisa en el trabajo, incluso los viajes de placer suelen ser aprovechados al máximo, compactando la agenda con lugares por conocer, siendo una frase frecuente “necesito vacaciones de las vacaciones”.

Pasa lo mismo con el manejo en temas de salud física y mental, en donde, se ha aprovechado la prisa de las personas por curarse, para ofrecer servicios cada vez más breves e impersonales, incluso por “chat”, con el consecuente aumento de errores en el diagnóstico y empobrecimiento del tratamiento.

Como dice Carl Honoré, uno de los principales exponentes del movimiento Slow, si seguimos así, el culto a la velocidad solo puede empeorar.  Ya no sabemos aburrirnos, esperar… gracias a la celeridad, es fácil darnos cuenta cómo vivimos en la era de la rabia, del vacío y por tanto, de la soledad.

El “turbocapitalismo” no solo está mermando nuestra calidad de vida sino acabando con la del planeta. Uno de los primeros contramovimientos fue Slow Food (aquellos que protestaron en 1986 frente al primer McDonald´s de Roma) estableciéndose como una filosofía centrada en el equilibrio, es decir, cada quien controlar los ritmos de su vida. Si un día se quiere ir rápido, ir rápido, si se quiere ir lentamente, hacerlo. Ellos defienden la idea de que podemos vivir mejor si consumimos, fabricamos y trabajamos a un ritmo más razonable.

Esta tendencia ha impactado el mundo entero y específicamente se está multiplicando de manera local con grupos de yoga, mindfulness, meditación, oración, clubs de lectura, de escritura y todo tipo de recursos en el arte y la cultura que responden a esta necesidad de encontrarle un sentido a la vida y detener la frenética carrera hacia ningún lado.

La medicina cada vez acepta más las técnicas orientales que valoran la integración del cuerpo con las emociones y el ritmo orgánico de los procesos de sanación, sobre todo en las enfermedades crónicas que se extienden como una epidemia.

El camino del cambio es posible.  Es importante valorar el silencio, la quietud y ahí cuestionar las creencias que nos han llevado a esta situación. ¿Realmente doy mejores resultados cuando estoy más ocupado?, ¿valgo más entre más hago?, ¿qué tanto he caído en las redes del activismo consumista?, ¿qué me hace realmente feliz?, ¿qué tan conectado estoy con mi entorno, sobre todo con las personas más importantes en mi vida?

Despacio podremos conectarnos, estar presentes, adquirir sabiduría, darnos cuenta de lo que sucede no solo afuera, sino adentro de nosotros mismos.  Hagamos la prueba y comprobemos que menos es más y seamos pacientes, todo cambio se hace mejor despacio.

 

Publicado en la revista BCM No. 89, Oct/Nov 2018

 

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